Deuteronomio
Moisés, que por intervención divina, se había quedado encallado a las puertas de la tierra prometida, decidió dedicar un discurso de despedida al pueblo que había guiado las últimas décadas.
Como ya nos conocemos y sé de que pie cojeáis, ya le he dicho a mi sustituto que aplique mano dura. Pero como no me fío ni un pelo de vosotros, os voy a dictar unas cuantas leyes más, por si acaso. Que si os dejo hacer lo que queráis, sois capaces de no elegir lo que más me convenga a mi.
Lo primero que hizo fue leerles su última novela: Números, que no es que no estuviera a la disposición de todos, sino que era tal tostón con todas esas cuentas, que nadie se lo había acabado. En aquella versión oral, Moisés omitió la parte contable para que la audiencia no se le durmiera nada más empezar.
Sorprendido de que, al terminar, la gente todavía estuviese en su sitio (más o menos interesada), decidió continuar explicando otros greatest hits como la historia de los diez mandamientos, las advertencias y castigos contra la idolatría, la huida de Egipto, parabienes para los temerosos de Dios, y promesas y amenazas varias. Una juerga, vamos.
Después, a petición del patrocinador supremo, recordó lo mucho que le molestaba a Dios la idolatría. La idolatría a otros se entiende. Se debe destacar que en ningún momento se negó la existencia de otros dioses, sino que se exhortaba a no alabarlos. Era como ser aficionado al fútbol, se elige equipo y hasta la muerte en contra de todos los demás.
Puesto que al parecer, Dios sólo se interesaba por chorradas y no tenía intención de revelarles el sentido de la vida, por qué existe la maldad o algo remotamente importante para la humanidad, Moisés pasó a hablar de política económica. Qué parte del dinero tenía que ir para caridad, que parte para los chupasangres de la clase sacerdotal, esas cosas.
Por cierto que también habló de los esclavos, aunque más que enfocar el aspecto humanitario, básicamente hizo una ampliación del apartado anterior. Dios nunca dijo una sola palabra en contra de la esclavitud (¿para qué? A Él no iba a esclavizarlo) sino que fomentó su continuación.
Como no todos los que deseaban vivir del pueblo tenían vocación sacerdotal, se había creado la figura de juez, encargado de aplicar la justicia divina1. Menos mal que Dios existía, porque sino se diría que actuaban con una ley arbitraria que servía a sus conveniencias.
En un alarde de modestia, Moisés les cuenta que Dios a prometido otro profeta como él. Y ante las dudas lógicas de un pueblo que se pregunta como lo reconocerán, les responde, con dos cojones, que si se cumple lo que el profeta dijo en nombre de Dios, era el auténtico, y que sino, pues no. Hubiera estado bueno que fuera al revés. Aunque lo más destacable es que nadie se percatara (entonces y durante muchos siglos) que las promesas de Dios (siempre en boca de oportunos mensajeros. Dios, que es todopoderoso y omnipresente no puede dedicarse a esas cosas y eliminar las dudas razonables de la gente), igual que las promesas electorales, se cumplen las menos, se olvidan convenientemente una buena porción, y se adaptan a la conveniencia de las circunstancias (por no decir de la realidad) la mayor parte. Eso sin contar las profecías manipuladas a posteriori.
Se ratificó la ley del Talión (vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie), pero eso sí, no se aceptaba la acusación de un solo testigo, debían ser al menos dos o tres. Lo cual, si se piensa bien, más que una garantía judicial, trataba de sembrar dudas sobre que Dios estuviera realmente bajo la decisión del juez.
También les dijo que si tenían que salir a la guerra, pues ánimo, que Dios estaba con ellos. No se debía olvidar que Dios no amaba a toda la humanidad por igual, había un pueblo elegido.
Curiosamente, quedaban excluidos de la guerra los que tuvieran una casa nueva aún por estrenar, los que hubieran plantado una viña sin haber podido disfrutarla todavía, los recién casados que no les hubiera dado tiempo (que ya tenía que ser inminente la guerra) de consumar su amor2, y, atención, los medrosos y los pusilánimes.
A los que si fueran, les dejó muy claro que a todo varón que no se rindiera, lo pasaran por la espada, y que se quedaran como botín a las mujeres, niños, animales y todo lo que hubiera en la ciudad. Todo por la gloria de Dios.
Pero no todo era guerra, la paz se debe legislar igualmente. Por ejemplo, si tenías un hijo rebelde, podías acusarlo antes los ancianos y el pueblo lo apedreaba. Era una manera mucho más efectiva de coaccionar que dejar sin postre, todo hay que decirlo.
El adulterio, no llegar virgen al matrimonio (la mujer), y la violación eran castigados con la muerte. Si la mujer violada no chillaba, también se la sacaba del medio.
No debían admitir en la congregación ningún descendiente, ¡hasta la décima generación!, de los vecinos que les caían mal. Sino era muy mal, hasta la tercera generación. ¿Quién dijo que era un pueblo rencoroso? Tampoco aceptaban a los hombre con los testículos magullados ni con el miembro viril amputado. Se podía entrever para qué se quería a los hombres ahí.
Una vez puestos a promulgar leyes cuesta parar, así que aún se establecieron unas cuantas más. Tenías que quedarte (¡vaya lata!) con los esclavos huidos en vez de devolverlos a su dueño. Sólo se cobrarían intereses a los extranjeros. Nada de sodomía (Dios hizo agujeros de entrada y de salida y no convenía confundirlos). Por otro lado tampoco ninguna mujer de las suyas podía hacerse puta, ni se podía usar el dinero ganado por las prostitutas (ni el precio de un perro) para las ofrendas. Curiosamente, y eso que ya no hubiera costado nada hacerlo, no se prohibió ir de putas. ¿Doble moral? ¿Supremacía de los instintos? No hay que ser malpensados, sólo fue un descuido…
Moisés no se olvidó de las leyes progresistas, permitía el divorcio si el marido encontraba algo indecente en su esposa. La gente ya no moriría por los pecados de otros, aunque fueran familia, con los suyos propios había más que suficiente. Y se podía comer uvas y trigo de los campos de los demás, pero no valía usar herramientas ni cestos, pues era trampa. Sólo lo que pudieras comer y lo que sobrara tras la cosecha. Eso sí lo tenían los hebreos, todas las sobras de sus campos y de sus casas, se las daban a los pobres.
Si dos hermanos vivían juntos y uno moría, la viuda tenía que casarse con el cuñado. Si el hombre no quiere, la mujer debía ir a hablar con los ancianos3 y delante de ellos le tenía que quitar el calzado del pie y escupirle en el rostro. A partir de ese momento se le daría el nombre de La casa del descalzado. Era un poco raro y humillante, pero tenías suerte de que no te lapidaran.
Inspirado en la habilidad esculpidora de Dios con los diez mandamientos, Moisés, que no tendría que hacerlo él, mando escribir los cientos de leyes que les mandaba en piedras sobre el Monte Ebal. También constituía una forma de que no se desvirtuara la ley haciendo que cada cual la adaptase a sus conveniencias, sin embargo, considerando que ya desde su génesis se había manipulado con la ley cuanto se había querido, simplemente era una forma de asegurar el empleo de los escribas durante una buena temporada.
Tal vez para ponerle un lacito a todo lo dicho, bendijo a todo el que cumpliese las normas y maldijo, con muchas hipérboles, al que no. Si cuela, cuela.
Aprovechando que estaba todo el mundo allí reunido, Moisés nombró a Josué como sucesor, le instó a que se leyera la ley en público cada siete años (hay que informar sin aburrir) y que la guardara junto al arca (que si se empieza a guardar unas cosas aquí y otras allá, al final se pierden y no encuentras nada).
Y puesto que ya no tenía que ver más a aquella gente, y que a sus 120 años, Moisés ya había perdido casi toda la vergüenza, quiso mostrar ante el gran público su afición secreta: el canto.
El cántico de Moisés dejó a todos con la boca abierta (aunque el sentimiento que llevó a esta conclusión no ha sido aclarado). La temática del mismo era Dios y sus grandezas. La verdad es que después de pasarse cuarenta años en el desierto con una voz en la cabeza que le murmuraba constantemente una monserga religiosa, al pobre hombre no le salía componer otra cosa.
A Dios le gustó el peloteo y le concedió ver la tierra prometida antes de morir (en breves minutos): Se mira pero no se toca.
La última declaración de Moisés antes de desaparecer en la nada (no hay que olvidar que Dios aún no había inventado el más allá), fue una bendición a las doce tribus de Israel, que acababa con las bonitas palabras:
Así que tus enemigos serán humillados,
y tú hollarás sobre sus alturas.
1 Increíblemente nadie reparó en el oxímoron.
2 De follar como puercos, vamos.
3 Existía una suposición no confirmada de que a más edad, más sabiduría, y por eso los ancianos formaban la autoridad moral de aquellas gentes. Pero el que no haya visto al menos a una persona mayor imbécil, que se haga graduar las gafas.




