El gato del Vaticano
Y esta semana, en una nueva emisión de Detrás de todo gran hombre hay una gran mascota tenemos el honor de contar con Felino XVI, el gato megasumohiperpontífice del vaticano, para repasar una de las cuestiones más espinosas del siglo pasado: La iglesia y el nazismo.
–Buenos días, su ilustrísima.
–Oh, por favor, déjese de formalidades. Pero se dice Su imponderable magnífica eminencia.
–Por supuesto, por supuesto. Pero díganos, ¿es cierto que usted ya andaba ronroneando por el Vaticano por la época de la segunda guerra mundial? ¿No es usted demasiado joven?
–Gracias, pero no. Los piensos actuales hacen maravillas con la piel, ¿sabe? Ja, ja. Yendo a lo importante, sí, yo presencié las guerras mundiales. Como ya sabrá los gatos tenemos siete vidas, y yo ya voy por la sexta. Iría por la cuarta, pero en mi juventud me empeñé en encender la hoguera de los impíos yo mismo y a veces ocurren accidentes. Gajes del oficio.
–A pesar de haber mostrado a lo largo de estas semanas múltiples ejemplos, a muchos miembros de nuestra audiencia aún le cuesta creer que una mascota sea la que mueve los hilos de un humano en la sombra. ¿Qué le diría a los que no creen que en realidad usted haya dictado los pasos más importantes de los últimos Papas?
–Bien, en realidad en mi caso ha sido más fácil de lo habitual. Los cristianos están especialmente predispuestos a seguir instrucciones de cualquier cosa rara que les hable con voz autoritaria: zarzas ardiendo, palomas fecundas, manchas en la pared… de hecho, escuchar a un gato es de lo más racional que han hecho en dos mil años.
–Entiendo que lo acepten a usted como consejero, pero de ahí a ser Papa ejecutivo…
–Mire, en realidad el Papa no es más que un puesto de relaciones públicas, un icono florero: a la gente no le es muy útil en la práctica, pero es más agradable y viste mejor que un moribundo en una cruz. Además, piense que la gente sabia no hace carrera en la jerarquía de la iglesia. Los ambiciosos, tal vez, pero los sabios no. Un poco de intriga, un poco de manipulación (que en el Vaticano pasan muy desapercibidos) y ya estaba dirigiendo el cotarro.
–Espectacular. ¿Y cuál diría que es su mayor aportación a la Iglesia?
–Bueno, como gato que soy he intentado infundirle a esta institución la habilidad, venga lo que venga, y sea como sea, de caer siempre de pie. Por eso he alentado mucho la diplomacia. Y cómo no, he promovido el conservadurismo. Una iglesia moderna es una iglesia muerta.
–¿Pero no se supone que hay que estar abierto a los nuevos tiempos? ¿Ayudar a la gente de hoy en día?
–Eso está muy bien, pero en la práctica no es una estrategia muy inteligente para perdurar. Lo moderno siempre pasa de moda. En cambio, siempre habrá conservadores, un grupo fiel y estable. Piense que hasta el mayor de los revolucionarios se vuelve conservador el día después de la revolución. Así que no lo olvide: si quiere parecer guay, ábrase a los nuevos tiempos; si quiere durar, intransigencia.
–¿Y eso beneficia a los fieles?
–Por si no lo ha notado, a los verdaderos creyentes les va la marcha.
–Podríamos estar hablando horas y horas con usted, pero tanto su tiempo como el nuestro es limitado, así que pasemos ya al tema que nos ocupa: la posición de la Iglesia ante el nazismo.
–Me alegro de que me hagas esa pregunta peliaguda, porque aunque prefería no contestar en los medios y decirte por donde puede meterse la gente tanta crítica retrospectiva, me da la oportunidad de usar mi verborrea para impulsar mi imagen pública.
–¿Perdón?
–¡Uy! ¿He dicho eso en alto? Quería decir: ¡qué buena oportunidad de aclarar todo este mal entendido!
–Sin tapujos, díganos: ¿es cierto que la iglesia escondió el rabo entre las piernas y miró para otro lado mientras los nazis pasaban la tarde jugando a Genocidio?
–Bueno, bueno, no tan rápido. Pongamos las cosas en perspectiva histórica. Allá por los años 30, en Alemania la economía estaba bastante mal, y cuando eso ocurre, la gente está de un cabreo impresionante y le falta tiempo para buscar un chivo expiatorio. El perro de Hitler, se vio venir la gran oportunidad de su vida y la aprovechó.
–¿Cuál era?
–¿Cuál va a ser? La más lógica: formar un imperio. Europa es el continente más pequeño del mundo y está superseccionada en un montón de países. El perro de Hitler quería acabar con estos minifundios y caminar hacia una estructura más global.
–Mandando él, claro.
–Hombre, ¿sino para qué tanto esfuerzo?
–¿Y era necesaria tanta purga para eso?
–Pues mire, necesario, necesario… no. Pero si empiezas a okupar el resto de pisos de tu edificio, lo más práctico es que los desalojes y metas amigos y familiares en ellos. No es que a los antiguos inquilinos no les puedas obligar a pagar el alquiler, pero es desagradable tener que cruzártelos todos los días en el rellano. Lo mejor, coleguitas y parientes a los que les caigas bien porque se vean favorecidos.
–Casi parece que defienda usted sus acciones.
–Defenderlas no, sobre todo en público, pero hay que reconocer que (ética a parte) tienen su lógica, y muchas de las críticas se derivan de que no lo consiguió. Fíjese que todos los imperios de la historia (e imperio siempre es sinónimo de masacre, racismo y justicia desigual) son tratados con mucho más respeto.
–No sé yo si la gente estará de acuerdo…
–A la gente nunca le gusta nada, por eso hay que imponérselo. El caso es que el perro de Hitler estaba ganando poder y el muy… hijo de perra tenía entre sus planes instaurar una religión nacionalista y pagana. Y claro, podemos permitir muchas cosas, pero esa nunca. A nosotros no nos gusta llevarnos mal con el poder (en las pocas ocasiones en que no lo ostentamos nosotros), por lo que debíamos poner en guardia al clero sin exaltar mucho a la opinión pública. Por eso decidimos redactar una encíclica pontificia donde poner a parir toda la cuestión. Las encíclicas no son precisamente best sellers, pero nuestra gente las lee, así que asunto resuelto.
–Pero esta encíclica sí se leyó.
–Sí, ¿quién lo iba a decir? Si la gente empieza a hacernos caso tendremos que tener más cuidado con lo que decimos. El caso es que a los nazis no les hizo mucha gracia (¿alguien ha conocido algún nazi que se caracterice por su sentido del humor?) y la animadversión pasó a ser oficial.
–Así que ustedes se opusieron al nacionalsocialismo.
–Sí. Al menos al principio.
–No obstante, la iglesia católica calló ante el boicot a las ratas de los comerciantes judíos, no protestó por la proclamación de las leyes raciales de Nuremberg en 1935, guardó silencio en 1938 cuando ocurrió la Noche de los Cristales, entregó su archivo genealógico a los nazis, que supieron desde entonces quienes eran cristianos y, por lo tanto, no judíos…
–Tiene que entender que cada vez tenían más poder y, al fin y al cabo, perseguían judíos: ¡los asesinos de Cristo! Ellos se lo habían buscado.
–Pero Cristo también era judío.
–¡Jesús, María y José! No diga eso. ¡Ay, si San Pablo le oyera! Cristo, cristiano. ¿Qué sabrán los judíos de Dios y de la religión? El judaísmo es una mala y anticuada copia del cristianismo.
–¿Pero no son ustedes los que…?
–¿No hablábamos de los nazis?
–Sí, sí, perdone. Si lo he entendido bien, ustedes se mantuvieron firmes contra el nazismo mientras estaban tranquilos en sus poltronas y en sus púlpitos, pero cuando empezaron a represaliarlos, se callaron como putas.
–¡Qué fácil es criticar ahora! Me hubiera gustado verle a usted. Además, atacaban a la comunidad católica en general, no sólo a nosotros. Teníamos el deber moral de proteger a esa gente. Y de paso, a nosotros, que no valemos menos. Y para que lo sepa, clandestinamente ayudamos a un buen número de personas. Nuestra posición era la más práctica.
–¿Pero lo que Cristo les enseñó no fue a poner la otra mejilla, a sufrir los tormentos que nos envía Dios, y hacer lo debido sea cuales sean las consecuencias? Me parece que lo que Jesús y los primeros cristianos (perseguidos y mártires) nos querían enseñar es que no había que hacer lo práctico sino lo correcto.
–Ya están los no católicos queriendo ser más papistas que el Papa. Antes de opinar, debería ser de los nuestros, vivir la auténtica religión desde dentro.
–¿Y entonces podría criticar?
–No, entonces tendría que acatar lo que decimos nosotros y asunto resuelto, que para esos somos infalibles (digan lo que digan los envidiosos).
–¿Cree pues que actuaron debidamente? ¿No hubiera sido mejor movilizar a toda la comunidad católica mundial en contra de semejante atropello moral?
–No podíamos arriesgar la vida de tanta gente.
–Ustedes no los mataban, sólo les debían impulsar a hacer lo que manda su religión. ¿Acaso no lo hacen siempre? En las cruzadas no tuvieron tantos miramientos. E incluso podían haber tenido éxito: había católicos en todas partes, cargos y condiciones, no hubiera sido tan descabellado. Y en cualquier caso, el sacrificio en la vida comporta una recompensa en la otra. ¿No es eso lo predican?
–Sí, eso está muy bien, pero los feligreses muertos no nos sirven de nada. ¿O es que cree que desde el paraíso nos mandan talones en blanco?
–¿Es por eso que no condenaron la política de exterminio iniciada en 1942, ni dieron órdenes a los curas u obispos de censurar ante los fieles el régimen criminal?
–Todo fue para proteger a los católicos
–¿Y la gente que era exterminada no merecía su protección? ¿La compasión de su Dios?
–En teoría sí, pero en la práctica…
–¿Y por qué cuando las fuerzas aliadas liberaron Europa, llegaron a Berchtesgaden y descubrieron Auschwitz, el Vaticano siguió apoyando al régimen derrotado y a través del cardenal Bertram, mando decir una misa de réquiem en memoria de Adolf Hitler? ¿Por qué la iglesia católica guardó silencio y no hizo ninguna declaración condenatoria cuando se descubrieron las pilas de cadáveres, las cámaras de gas y los campos de exterminio?
–Bueno, todo eso ya lo hicimos años más tarde (¡qué prisas!), cuando todo era más estable y se sabía que los nazis no volverían. En aquel entonces aún estaba todo convulso y era mejor curarse en salud, por si acaso. Ya sabe, para proteger a la gente.
–Hay quien dice que era proteger el estatus y la jerarquía establecida del vaticano más que a la gente, que al fin y al cabo, moría igual.
–Mire, la gente se reproduce de forma natural, pero una institución de gobierno mundial cuesta lo suyo, ¿sabe? Hay que priorizar.
–Eso explicaría por qué en 1949 se excomulgó en masa a los comunistas del mundo entero pero no se hizo lo mismo con ningún nazi, ni de las bases, ni del alto mando, ni del estado mayor, ni al propio Hitler. Y seguramente también por qué los libros de gente como Simone de Beauvoir o Jean–Paul Sartre fueron incluidos en el Index pero Mi lucha, dictado por el perro de Hitler, se libró milagrosamente.
–Ya sabe lo que dicen: Muerto el perro, se acabó la rabia. Después de la guerra era mejor ocuparse de los problemas que venían que ir removiendo la mierda del pasado. Jesús dijo que había que perdonar y perseguir la paz, la bondad y el amor al prójimo. Al prójimo que no es una amenaza en estos momentos, claro. Lo que pasa que eso lo dijo por lo bajini y los evangelistas (que en realidad nunca estuvieron allí) nunca lo oyeron.
–¿Y qué pensaría usted si un nuevo régimen político persiguiera a los católicos y se dedicara a exterminarlos sistemáticamente mientras los judíos, budistas, musulmanes o hinduistas miran hacia otros lado para que no les salpique?
–Bah, ¿qué puede esperar uno de una falsa religión?