Octubre17
Abu l-Qasim Muhammad ibn ‘Abd Allāh al-Hashimi al-Qurashi, cuyo nombre artístico es Mahoma, fue el fundador del Islam. Mahoma nació en la ciudad de la Meca, que por aquel entonces era un centro comercial próspero y contaba con varios templos para adorar a sendos ídolos. Mahoma se quedó huérfano de niño y lo crío su tío paterno, que otra cosa no, pero era un mercader rico y poderoso. Mahoma también se hizo mercader, y entres sus viajes y su ciudad natal pudo conocer las costumbres y creencias de gran cantidad de gente. Como buen mercader, el negocio comenzaba a coger forma en su cabeza…
Se casó, tuvo dos hijos (bueno, y cuatro niñas, pero como pensaba que eran inferiores…) y ya fuera por no aguantarlos (como ya hizo Jacob) o para acabar de ultimar su Gran Negocio, pasaba las noches meditando en la tranquilidad de una cueva. En el año 610, cuando tenía cuarenta años de edad, Mahoma afirmó que había tenido una visión del ángel Gabriel (evidentemente hay que creerle, ¿cómo dudar de un mercader cuarentón supersticioso que pasa las noches en una cueva?), el cual le había hecho memorizar el mensaje enviado por Dios. Por supuesto, no lo reveló todo junto, no, lo fue explicando a lo largo de su vida, como si se lo fuera inventando y adaptando sobre la marcha, aunque sólo para hacerlo más ameno.
La fiable palabra de Mahoma, fue confiada a varias personas que lo memorizaron (por supuesto sin cometer ningún error) y años más tarde, cuando Mahoma ya había muerto (no había prisa) decidieron ponerlo por escrito y llamarlo el Corán (porque llamarlo Las pajas mentales fundamentalistas e incongruentes de nuestro líder hubiera quedado menos comercial).
De acuerdo con el Corán, Mahoma era analfabeto, hecho que la tradición musulmana considera una prueba que autentifica el Corán, y la gente común considera como una de las causas de las chorradas que dice.
A medida que sus seguidores aumentaban en número, Mahoma se convirtió en una amenaza para los jefes de las tribus locales. Además, su propia tribu no veía con buenos ojos el rechazo del politeísmo (hay que ser un poquito tolerantes, ¿no?). Por eso, cuando murieron su mujer y su tío, fue repudiado, sufrió algunos atentados fallidos (ah, las viejas tradiciones…) y él y sus seguidores se marcharon por patas a la ciudad de Medina.
En Medina fue contratado de mediador entre dos tribus árabes rivales. Él lo solucionó convirtiéndolos a todos en musulmanes y prohibiéndoles enfrentarse. Muy práctico, todos ganaban. Como ahora ya eran un montón los que le seguían, Mahoma supuso que las tribus judías de la ciudad también lo reconocerían como profeta, no obstante, pasaron bastante de él. Mahoma, rebotado, cambió la dirección en la que debían rezar los musulmanes del antiguo templo de Jerusalén a la Kaaba en La Meca.
Con todo, magnánimo como era, el profeta permitió que los judíos y los cristianos pudieran mantener su religión (qué remedio) previo pago de un tributo. Que una cosa es la fe y otra, aunque a veces no lo parezca, la economía.
Envalentonado por el grupo que había formado, Mahoma se lanzó a la guerra contra la Meca. Con suerte desigual en las batallas (casi parecía que no hubiera un Dios detrás de él y el resultado lo decidiese el azar, la preparación de la gente implicada y las circunstancias) acabó por proclamarse vencedor. Como el resultado era una prueba obvia de que Dios le apoyaba (o más bien de que a nadie le importa en qué creen los derrotados. Excepto si eres judío, claro) aún consiguió más adeptos. ¿Qué hizo entonces este insigne profeta de una religión de paz? Declaró la guerra (por turnos, eso sí) a todo lo que le rodeaba y comenzó a ampliar su territorio. Y para que no se le recordara sólo como a un personaje con ansias de poder, decapitaba a los hombres de las tribus derrotadas que no se aliaban con él. Como no carecía de compasión por la raza humana, a las mujeres y a los niños sólo los vendía como esclavos.
Hombre de gran catadura moral, Mahoma tomó por esposas a, al menos, una docena de mujeres (de hombres, no se comenta nada porque estaba mal visto, pero vaya usted a saber, que en el desierto uno pronto se aburre de todo), y para demostrar sus férreas convicciones, las había judías y cristianas. Desde luego no era la clase de hombre que lo primero que mira a una mujer es la religión.
Mahoma, al que le gustaba ser profeta pero dejaba lo de mártir para gente con más vocación, murió a los 63 años tras una corta enfermedad. Y como siempre, al morir el líder (acto que, por cierto, no fue acompañado de ningún guiño divino) se lió el culebrón hereditario. Los líderes de la comunidad musulmana nombraron sucesor de Mahoma (califa) a su suegro favorito, no obstante, había (y hay) quien opinaba que el verdadero sucesor debía ser su yerno. Ambas facciones, naturalmente, estaban interesadas exclusivamente en la perpetuación de la pureza del mensaje de Dios y la perfección personal, y no en la herencia de un imperio emergente.
Por si a alguien le interesa lo que pasó después, que se quede tranquilo, los sucesores de Mahoma supieron mantener vivo su legado durante muchísimo tiempo: la guerra.