Acólitos Sin Fronteras

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Deuteronomio

Septiembre27

Moisés, que por intervención divina, se había quedado encallado a las puertas de la tierra prometida, decidió dedicar un discurso de despedida al pueblo que había guiado las últimas décadas.

Como ya nos conocemos y sé de que pie cojeáis, ya le he dicho a mi sustituto que aplique mano dura. Pero como no me fío ni un pelo de vosotros, os voy a dictar unas cuantas leyes más, por si acaso. Que si os dejo hacer lo que queráis, sois capaces de no elegir lo que más me convenga a mi.

Lo primero que hizo fue leerles su última novela: Números, que no es que no estuviera a la disposición de todos, sino que era tal tostón con todas esas cuentas, que nadie se lo había acabado. En aquella versión oral, Moisés omitió la parte contable para que la audiencia no se le durmiera nada más empezar.

Sorprendido de que, al terminar, la gente todavía estuviese en su sitio (más o menos interesada), decidió continuar explicando otros greatest hits como la historia de los diez mandamientos, las advertencias y castigos contra la idolatría, la huida de Egipto, parabienes para los temerosos de Dios, y promesas y amenazas varias. Una juerga, vamos.

Después, a petición del patrocinador supremo, recordó lo mucho que le molestaba a Dios la idolatría. La idolatría a otros se entiende. Se debe destacar que en ningún momento se negó la existencia de otros dioses, sino que se exhortaba a no alabarlos. Era como ser aficionado al fútbol, se elige equipo y hasta la muerte en contra de todos los demás.

Puesto que al parecer, Dios sólo se interesaba por chorradas y no tenía intención de revelarles el sentido de la vida, por qué existe la maldad o algo remotamente importante para la humanidad, Moisés pasó a hablar de política económica. Qué parte del dinero tenía que ir para caridad, que parte para los chupasangres de la clase sacerdotal, esas cosas.

Por cierto que también habló de los esclavos, aunque más que enfocar el aspecto humanitario, básicamente hizo una ampliación del apartado anterior. Dios nunca dijo una sola palabra en contra de la esclavitud (¿para qué? A Él no iba a esclavizarlo) sino que fomentó su continuación.

Como no todos los que deseaban vivir del pueblo tenían vocación sacerdotal, se había creado la figura de juez, encargado de aplicar la justicia divina1. Menos mal que Dios existía, porque sino se diría que actuaban con una ley arbitraria que servía a sus conveniencias.

En un alarde de modestia, Moisés les cuenta que Dios a prometido otro profeta como él. Y ante las dudas lógicas de un pueblo que se pregunta como lo reconocerán, les responde, con dos cojones, que si se cumple lo que el profeta dijo en nombre de Dios, era el auténtico, y que sino, pues no. Hubiera estado bueno que fuera al revés. Aunque lo más destacable es que nadie se percatara (entonces y durante muchos siglos) que las promesas de Dios (siempre en boca de oportunos mensajeros. Dios, que es todopoderoso y omnipresente no puede dedicarse a esas cosas y eliminar las dudas razonables de la gente), igual que las promesas electorales, se cumplen las menos, se olvidan convenientemente una buena porción, y se adaptan a la conveniencia de las circunstancias (por no decir de la realidad) la mayor parte. Eso sin contar las profecías manipuladas a posteriori.

Se ratificó la ley del Talión (vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie), pero eso sí, no se aceptaba la acusación de un solo testigo, debían ser al menos dos o tres. Lo cual, si se piensa bien, más que una garantía judicial, trataba de sembrar dudas sobre que Dios estuviera realmente bajo la decisión del juez.

También les dijo que si tenían que salir a la guerra, pues ánimo, que Dios estaba con ellos. No se debía olvidar que Dios no amaba a toda la humanidad por igual, había un pueblo elegido.

Curiosamente, quedaban excluidos de la guerra los que tuvieran una casa nueva aún por estrenar, los que hubieran plantado una viña sin haber podido disfrutarla todavía, los recién casados que no les hubiera dado tiempo (que ya tenía que ser inminente la guerra) de consumar su amor2, y, atención, los medrosos y los pusilánimes.

A los que si fueran, les dejó muy claro que a todo varón que no se rindiera, lo pasaran por la espada, y que se quedaran como botín a las mujeres, niños, animales y todo lo que hubiera en la ciudad. Todo por la gloria de Dios.

Pero no todo era guerra, la paz se debe legislar igualmente. Por ejemplo, si tenías un hijo rebelde, podías acusarlo antes los ancianos y el pueblo lo apedreaba. Era una manera mucho más efectiva de coaccionar que dejar sin postre, todo hay que decirlo.

El adulterio, no llegar virgen al matrimonio (la mujer), y la violación eran castigados con la muerte. Si la mujer violada no chillaba, también se la sacaba del medio.

No debían admitir en la congregación ningún descendiente, ¡hasta la décima generación!, de los vecinos que les caían mal. Sino era muy mal, hasta la tercera generación. ¿Quién dijo que era un pueblo rencoroso? Tampoco aceptaban a los hombre con los testículos magullados ni con el miembro viril amputado. Se podía entrever para qué se quería a los hombres ahí.

Una vez puestos a promulgar leyes cuesta parar, así que aún se establecieron unas cuantas más. Tenías que quedarte (¡vaya lata!) con los esclavos huidos en vez de devolverlos a su dueño. Sólo se cobrarían intereses a los extranjeros. Nada de sodomía (Dios hizo agujeros de entrada y de salida y no convenía confundirlos). Por otro lado tampoco ninguna mujer de las suyas podía hacerse puta, ni se podía usar el dinero ganado por las prostitutas (ni el precio de un perro) para las ofrendas. Curiosamente, y eso que ya no hubiera costado nada hacerlo, no se prohibió ir de putas. ¿Doble moral? ¿Supremacía de los instintos? No hay que ser malpensados, sólo fue un descuido…

Moisés no se olvidó de las leyes progresistas, permitía el divorcio si el marido encontraba algo indecente en su esposa. La gente ya no moriría por los pecados de otros, aunque fueran familia, con los suyos propios había más que suficiente. Y se podía comer uvas y trigo de los campos de los demás, pero no valía usar herramientas ni cestos, pues era trampa. Sólo lo que pudieras comer y lo que sobrara tras la cosecha. Eso sí lo tenían los hebreos, todas las sobras de sus campos y de sus casas, se las daban a los pobres.

Si dos hermanos vivían juntos y uno moría, la viuda tenía que casarse con el cuñado. Si el hombre no quiere, la mujer debía ir a hablar con los ancianos3 y delante de ellos le tenía que quitar el calzado del pie y escupirle en el rostro. A partir de ese momento se le daría el nombre de La casa del descalzado. Era un poco raro y humillante, pero tenías suerte de que no te lapidaran.

Inspirado en la habilidad esculpidora de Dios con los diez mandamientos, Moisés, que no tendría que hacerlo él, mando escribir los cientos de leyes que les mandaba en piedras sobre el Monte Ebal. También constituía una forma de que no se desvirtuara la ley haciendo que cada cual la adaptase a sus conveniencias, sin embargo, considerando que ya desde su génesis se había manipulado con la ley cuanto se había querido, simplemente era una forma de asegurar el empleo de los escribas durante una buena temporada.

Tal vez para ponerle un lacito a todo lo dicho, bendijo a todo el que cumpliese las normas y maldijo, con muchas hipérboles, al que no. Si cuela, cuela.

Aprovechando que estaba todo el mundo allí reunido, Moisés nombró a Josué como sucesor, le instó a que se leyera la ley en público cada siete años (hay que informar sin aburrir) y que la guardara junto al arca (que si se empieza a guardar unas cosas aquí y otras allá, al final se pierden y no encuentras nada).

Y puesto que ya no tenía que ver más a aquella gente, y que a sus 120 años, Moisés ya había perdido casi toda la vergüenza, quiso mostrar ante el gran público su afición secreta: el canto.

El cántico de Moisés dejó a todos con la boca abierta (aunque el sentimiento que llevó a esta conclusión no ha sido aclarado). La temática del mismo era Dios y sus grandezas. La verdad es que después de pasarse cuarenta años en el desierto con una voz en la cabeza que le murmuraba constantemente una monserga religiosa, al pobre hombre no le salía componer otra cosa.

A Dios le gustó el peloteo y le concedió ver la tierra prometida antes de morir (en breves minutos): Se mira pero no se toca.

La última declaración de Moisés antes de desaparecer en la nada (no hay que olvidar que Dios aún no había inventado el más allá), fue una bendición a las doce tribus de Israel, que acababa con las bonitas palabras:

Así que tus enemigos serán humillados,
y tú hollarás sobre sus alturas.

1 Increíblemente nadie reparó en el oxímoron.

2 De follar como puercos, vamos.

3 Existía una suposición no confirmada de que a más edad, más sabiduría, y por eso los ancianos formaban la autoridad moral de aquellas gentes. Pero el que no haya visto al menos a una persona mayor imbécil, que se haga graduar las gafas.

Números

Septiembre14

Un día, cuando los hebreos aún viajaban por el desierto, Dios llamó a Moisés y le dijo: Toca hacer inventario.

Ordenaron a toda la congregación en doce tribus en función de qué hijo de Jacob descendían y Dios le mandó contabilizar todos los varones, de veinte años para arriba que pudieran ir a la guerra (ya se iban perfilando sus intenciones). Los Levitas (hijos de Leví) no debían ser contados pues como sacerdotes que eran, movieron los hilos necesarios para librarse de ir a cualquier guerra.

Al final, les salió la optimista cifra de 603.550, que no se la creyó ni Dios.

Ya puestos a contabilizar cosas se dedicaron contar sacerdotes, objetos sagrados, oficios y cargos, primogénitos, y todo lo que se les ocurrió. Si hoy en día no sabemos cuantos pelos en el culo tenía Moisés es sólo porque no disponían de suficientes rollos para anotar tantas cuentas.

Aprovecharon para inaugurar el tabernáculo (santuario móvil quedaba poco serio) con todas sus correspondientes y derrochadoras ceremonias y organizar la logística de tanto exiliado agrupado. De esta forma se internaron en el desierto. Podrían haber dado un rodeo, sí, pero deseando un buen aspecto en el regreso triunfal, ¿dónde iban a broncearse mejor?

Cerca de Canaán, Dios le dijo a Moisés que aquella era la tierra que les había prometido, pero que por si sus habitantes no se habían enterado, enviara a un cabecilla de cada una de las doce tribus (la representación local) a tantear el terreno. Moisés hizo formar a los doce, y puesto que sus nombres iban a pasar a la posteridad, le cambió el nombre a Oseas (que sonaba demasiado pijo) por el de Josué, que resultaba más aguerrido.

Los doce espías marcharon a cumplir la misión y pronto regresaron. El panorama estaba claro: si ponían un pie en aquella tierra, sus moradores les iban a pasar por la espada. Diez de ellos lo tenían claro, habían seguido a Moisés hasta allí para tener un futuro, no para ser carne de cañón de una guerra absurda, así que incitaron a su congregación a buscar otro lugar. Un sitio donde no tuvieran que molestar a nadie. En cambio, dos de ellos, Josué y Caleb, opinaron que una mierda iban a renunciar a aquella tierra, algo tendría de buena si tanta expectación levantaba, y al fin y al cabo, no iban a ser ellos los que sangrarían en el campo de batalla, para eso eran jefes, o incluso príncipes.

Evidentemente, la sensatez se impuso y casi todo el mundo se quiso marchar, pero como a Dios le importaban más sus planes que su pueblo, fulminó a los diez disidentes y castigó a su pueblo con no entrar en la tierra prometida (muy oportuno, puesto que sus habitantes auténticos tampoco pensaban dejarles). Eso sí, a sus hijos si les dejaría, esta generación le había salido respondona, pero necesitaría gente en el futuro. A Josué y a Caleb, que habían captado su filosofía, también les dejaría para que adoctrinaran a las nuevas generaciones.

Desesperados por hallarse entre los elementos y un Dios homicida, mucha gente pensó que de perdidos al río y se fueron a combatir con los habitantes de aquellas tierras, a ver si la conquistaban, todo el mundo se quedaba tranquilo y podían vivir en paz de una vez. Como era de prever, fue una escabechina. Históricamente, el pueblo hebreo no solía tener mucho éxito en las campañas militares. Lo suyo era más la autoflagelación.

Dios observó que entre las bajas y los disidentes, sólo le quedaban cuatro gatos, así que hizo un poco de manga ancha con todo el rollo que les había venido soltando de que era un pueblo elegido unido por su sangre y empezó a aceptar inmigrantes siempre que le juraran fidelidad.

Y ahora una pausa para una anécdota graciosa. Cierto día (el de descanso) un hombre fue sorprendido recogiendo leña. Lo apresaron y preguntaron a Dios qué debían hacer con él. Dios respondió: Irremisiblemente muera aquel hombre; apedréenlo toda la congregación fuera del campamento. Y así lo hicieron.

En aquel clima de paz, armonía y realización, se generaron algunas rebeliones que rápidamente fueron sofocadas con las respectivas y comprensivas masacres.

Estando en el desierto siempre había escasez de agua. Tras varias muertes por deshidratación, el pueblo protestó a Moisés porque eso no era la prosperidad que Dios les había prometido. Para aplacar los ánimos, Dios construyó un acueducto subterráneo, y para hacerlo más espectacular, esperó a que Moisés diera la señal convenida de dos golpes de bastón en una roca para abrir al máximo el grifo y que el agua brotara a chorro. Puesto que Dios aún no sabía como narices iba a conseguir meter a toda esa gente en la tierra que le había prometido, aprovechó la ocasión para cubrirse las espaldas y reafirmarse delante de toda aquella gente en que no les dejaría conocer la tierra prometida. De esta forma, se eximía de futuros reproches y, llegado el caso, siempre podría mostrar una deslumbrante magnanimidad perdonándolos a todos. Sorprendentemente, eso ocurría mucho: la gente se sentía muy agradecida cuando le librabas de sufrimientos que tú mismo les habías impuesto.

Por otro lado, para que Moisés tampoco se le despistara y se pusiera en su contra tras haberle metido en toda aquella movida para luego dejarle con la miel en los labios, hizo subir a su hermano Aarón a un monte, desnudarse, darle las ropas a su hijo, y lo dejó allí para que muriera. De tanto en tanto, era importante dejar claro quién mandaba. Aunque en el fondo, a Moisés no le importó demasiado porque se había enterado de que Aarón estaba intentando quitarle el poder subrepticiamente. Ahora sólo había un líder (y una deidad genocida) al mando.

Después Dios se retiró a descansar un tiempo, pues era conocer de que los había dejado bien amaestrados. Les dejaría hacer a ellos, total, ya sabía que si les ocurrían cosas malas lo achacarían a un castigo suyo por no haber sido suficientemente buenos; y si sucedía algo bueno, sería interpretado como una muestra de su generosidad. Un negocio redondo.

Y ya fuera porque no tenían a Dios a sus espaldas manipulándolo todo, o porque no hay enemigo peor que el desesperado, el pueblo de Israel (el de los hebreos) fue ganando todas las batallas contra los habitantes de la zona. Gran triunfo para los descendientes de Jacob, pero una injusticia para los vencidos.

Por el camino también encontraron asentamientos con los que tuvieron buen trato y a los que contagiaron sus costumbres de contabilizar gente y sandeces, establecer leyes machistas y asesinar por futilidades.

Como el tiempo iba pasando para todos, y Moisés seguía teniendo vedado el acceso a la tierra prometida (ansioso deseo producto de publicidad, cuya realidad acabaría estando muy lejos de las ilusiones de la gente. Otro motivo para no dejar pasar a los que había hecho tal promesa), Dios pensó que sería bueno nombrar a un sucesor. El escogido fue Josué, que tanto por su manera de discurrir como por sus métodos había caído en gracia a Dios. Como no podía ser de otra forma, la sucesión fue envuelta de un ritual tedioso de discursitos y ofrendas. Desde luego, en aquel pueblo uno no se ataba los zapatos sin sacrificar un cordero.

Al final, le fueron cogiendo el tranquillo a las luchas y trapicheos varios, y fueron arrasando con la zona hasta conquistar la tierra prometida. Dios no levantó el castigo a los que no podían quedarse en ella pero no les importó mucho porque: uno, estaban muy ocupados repartiéndose el botín de guerra; dos, la tierra prometida era un asco sólo comparable a las que tenía alrededor.

Así que una vez concluido tan bonito y prolongado viaje, decidieron celebrarlo. ¿Cómo? ¿Montando el fiestón del siglo? No. Se dedicaron a la apasionante tarea de contabilizar todos los sitios donde habían acampado durante cuarenta años. Y ese es el motivo por el que este libro se llama Números, porque Gilipollas ya estaba cogido.

Levítico

Mayo27

                         Dios no era fácil de satisfacer. Tenía bastantes manías y era muy puntilloso. Por algún motivo que nunca se ha llegado a aclarar, a Dios no le gustaban los animales domésticos, y si te querías llevar bien con él tenías que ir matando alguno de vez en cuando. Cuantos más matabas, más le gustaba. Puede que fuera una forma de calmar su ansia de sacrificios humanos, ya que su pueblo, pequeño y maltratado por los acontecimientos históricos, no podía permitirse ir repartiendo bajas definitivas entre sus miembros. Así que aceptaba animales, aunque no de cualquier manera. Dios llamó a Moisés y le explicó como quería que se hiciera. Moisés se quedó asombrado de cómo pretendía ascender el despiece animal a la altura de arte y adornarlo todo de una ceremonia farragosa y absurda.

-No nos va a quedar tiempo ni para comerlos –se quejó Moisés.

-Estos no son para comer, son para mi mayor gloria.

-¿Tirar comida no es pecado?

-Sólo si eres rico.

-Ah. Oye, señor, ¿y no sería mejor que en vez de imponernos tantas soplapolleces, ayudaras un poco a tu pueblo, que nos están dando hostias por todos lados?

-Estate por lo que estamos.

Los hebreos debían ser expertos carniceros, porque había un procedimiento a seguir con cualquier minúscula parte del animal: riñones, sangre, intestinos, estiércol, grasa… La verdad, es que dicho así, un animal no parece algo muy agradable.

A Dios le gustaban tanto estos sacrificios que los pedía para casi todo: si te saltabas algún mandamiento, si era una fecha señalada, si querías tenerlo contento…

Y no valía cualquier animal. Si tenías uno pequeño y feo que casi no te producía nada no podías colarlo para el sacrificio, se enfadaban. Tenías que entregar tus mejores animales. Si era un acto simbólico ¿no hubiese sido mejor conformarse con cualquier animal y reservar los más aptos para un pueblo que vivía de la ganadería? Quizá, pero Dios sólo sabe hacer las cosas de una forma: a lo grande.

A todo esto, Aarón, hermano de Moisés, aprovechó la ocasión para colocar a sus hijos como sacerdotes, que venían a ser los funcionarios de la época. No se llamaba tráfico de influencias, se llamaba designio divino.

A parte de los animales de los holocaustos, Dios también se metió en los que servirían de alimento. Como sois un pueblo ganadero pobre que necesitáis aprovechar cualquier cosa que os ofrezca la naturaleza para sobrevivir, a partir de ahora no me vais a comer ni camellos, ni liebres, ni conejos, ni cerdos. De los animales acuáticos vais a alimentaros sólo de los que tengan aletas y escamas, el resto no son de fiar. De pájaros ni uno. Y eso incluye gallinas, avestruces, y cualquier cosa con alas. Insectos… hmmm…los que no caminen sobre cuatro patas. Tampoco me gustan las comadrejas, los ratones, las ranas, los cocodrilos, los lagartos y lagartijas, ni los camaleones. Ah, y me reservo el derecho a volveros vegetarianos.

Entre otras cosas, Dios también les dijo que la mujer que paría era impura durante una semana (dos si tenía una niña), lo mismo que si contraías la lepra. Ambos acontecimientos eran buenas ocasiones para ofrecer más sacrificios. Otras personas inmundas serían los varones cuando tuvieran flujo de semen y las mujeres con la regla

Los sacerdotes aprovecharon para reforzar su estructura de poder y lograron que casi cualquier acto cotidiano necesitara de su aprobación y connivencia. Como aún no existía el paraíso, había que procurarse un buen futuro en esta tierra.

También se aprovechó para añadir unas cuantas leyes. Diez no bastaban para dar de comer a legisladores y abogados.

Para empezar prohibieron la desnudez, nada de mirar sin ropa ni a extraños, ni a familiares, ni tan siquiera a la pareja de uno. Si hubieran tenido caniches, habrían mirado con buenos ojos que les pusieran jerseycitos. Y ya podían ir olvidándose de follarse animales (de las plantas no se comentó nada).

También quisieron ser majillos, y empezaron a permitir comer algo de los sacrificios, aunque sólo un par de días, luego había que quemar lo sobrante. Prohibieron recoger los frutos que caían de las viñas y segar todas sus cosechas porque había que dejar algo para los pobres. Toma política social. No se podía putear a los ciegos, chismorrear de los vecinos, ni abusar de los trabajadores. Vamos, ejercer un poco de peace and love con el prójimo. Eso sí, si te tirabas a una esclava os azotaban a los dos.

Era importante no afeitarse (aunque vivieran en el desierto) y ser hospitalario con los extranjeros (quién sabe si porque ellos también habían sido extranjeros en Egipto o por si el día de mañana esos mismos extranjeros acababan conquistándolos, cosa habitual, no buscaran venganza).

Se castigaba con la muerte creer en otros dioses, el adulterio, el incesto, acostarse con varios miembros de la misma familia, los zoofílicos, los que durmieran con mujeres menstruosas, el que desnudara a algún pariente, los blasfemos, los espiritistas y los adivinos (los profetas no contaban). La pena capital puede parecer excesiva, pero es la forma más eficiente de reinsertar a los delincuentes en la sociedad.

Los sacerdotes también tenían sus normas. No podían casarse con rameras ni mujeres inmundas o repudiadas (tenían que ser vírgenes), debía dedicarse a alabar a su jefe celestial, y sus hijas los deshonraban si comenzaban a fornicar. Tampoco debían permitir que las mujeres o los hombres defectuosos (cojos, ciegos, mutilados, verrugosos, sarnosos, roñosos, etc.) ofrecieran sacrificios, porque ¿cómo va a valorar Dios a las personas sino es por su utilidad práctica?

No podían tocar cadáveres (a saber dónde habían estado). Nadie que no fuera un pariente del sacerdote o ¡un esclavo comprado por él! podía comer alimento sagrado, ya fuera huésped o jornalero. Lo cual tiene su lógica, ¿de que te sirve trabajar duro para someter a la gente bajo tus supersticiones sino puedes obtener beneficios y prebendas?

Ya que estaban puestos, no se olvidaron de señalar los días festivos. El problema es que había que hacer tanta ceremonia y tanta chorrada variada que casi apetecían más los días laborables.

En caso de duda se aplicaba la ley del Talión (rotura por rotura, ojo por ojo, diente por diente): si herías un animal, debías reponerlo; si matabas a alguien, te mataban a ti. La misma lógica que acabaría poniendo al mundo al borde de la catástrofe nuclear.

Los hebreos llevaron al extremo el concepto de barbecho. De hecho se inventaron el año jubileo donde las tierras y otras posesiones (incluida la libertad) volvían a su propietario original. Venía a ser como empezar una nueva partida de Monopoly. Esto provocaba que estuviera prohibido vender las tierras a perpetuidad, con lo que prácticamente lo que hacían era alquilar las cosechas. Los años de jubileo no se podía cosechar nada y había que vivir de lo ahorrado. Los hebreos comenzaron haciendo especulaciones muy raras.

Dios les dijo que si obedecían, les daría paz y haría caer a sus enemigos por la espada delante de ellos1. Así que, o los hebreos se pasaron todas las leyes por el arco del triunfo, o alguien tendría que pedir el libro de reclamaciones.

1 Otra prueba de que era un auténtico Dios del Amor. Amor a la sangre.

Éxodo

Mayo17

 

Los esclavos recogieron sus bártulos, y guiados por Moisés comenzaron la lenta marcha hacia la tierra de sus antepasados. Pero unos días más tarde, el faraón, que como la mayoría de gobernantes, era voluble en sus decisiones, se arrepintió y salió con su ejército en pos de la caravana de hebreos. Éstos, que estaban acampados a la orilla del Mar Rojo, se vieron atrapados entre la espada y los elementos.

Dios, al que le encantaban las persecuciones, no quería que acabara tan pronto, así que separó las aguas del mar para que los hebreos pudieran pasar. También quería dejar pasar a los egipcios para hacerlo aún más emocionante, pero un mar pesa mucho y Dios ya no era tan joven, así que soltó el agua y los egipcios, que no disponían de muchas piscinas municipales donde hacer cursillos, se ahogaron. Una pena, porque alguien que ve como un Dios separa un mar se convierte seguro, pero ese desprecio por los que no son de los suyos de Dios, hizo que sólo se pudieran convertir en comida para peces.

Ya sin perseguidores, los hebreos continuaron hacia la tierra prometida, pero como nadie sabía muy bien donde estaba, se perdieron un poco por el desierto. Esto sumado al hecho de que Moisés, como cualquier hombre que se precie, se negó a pedir indicaciones a nadie, provocó que se pasaran muchos años vagando por el desierto. Sitio, por cierto, no muy bueno para vagar. Dios tuvo que ir suministrándoles víveres porque sino se queda sin seguidores de un plumazo.

Un día Moisés se quejó de que tardaba en llegar el agua y Dios le dijo ¿Ah, sí? ¿Te pones chulo? Pues ahora no entras en la Tierra Prometida. Moisés, que estaba harto de arrastrar el culo por el desierto cuando podría haber estado tranquilamente cuidando ovejas, le contesto: ¿Sí? Pues si yo no entro, no entra nadie. Y se pasaron dando vueltas por el desierto durante 40 años y, de hecho, ninguno de los que salió de Egipto (aunque sí sus hijos) entró en la Tierra Prometida.

Pero mucho antes de que alcanzaran el fin del viaje, Dios le dijo a Moisés Súbete para este monte que tengo unas cuantas cosas que comentarte y no quiero que se entere nadie. Moisés subió y Dios le dijo que les iba a mandar unas leyes, que aquello era un sindiós y que estaban todos desmandados haciendo lo que les salía del mismísimos saquitos del amor. Había pensado en unas pocas miles de leyes, pero como las voy a grabar en piedra para que no se traspapelen y ya veo que últimamente has descuidado la gimnasia, sólo voy a escribir diez para que entregues al pueblo y el resto te las digo y de las que te acuerdes, te acuerdas, y de las que no, no. En el fondo da igual porque se refieren básicamente a las costumbres y es probable que las vaya cambiando según me apetezca.

Acto seguido, Dios grabó con un láser potente de alta precisión sus mandamientos en dos piedras con forma de tabla. Básicamente, la primera tabla hablaba de cómo hacerle la pelota y la segunda de cosas guays que no podían hacer. Moisés comenzó su lectura.

Primero: No tendrás dioses ajenos delante de mí.

-Un momento, un momento. ¿Quieres decir que sólo podemos creer y adorar a un Dios?

-Hombre, claro. O somos de un club o de otro, todo no se puede tener.

-Y si luego resulta que los otros dioses son mejores que tú, o nos ofrecen más ventajas o son un poquito más reales que tú?

-Pues os jodéis.

-¿Y dónde queda nuestro libre albedrío, nuestra libertad de elección?

-¿Tú te crees que si me importara mucho vuestra libertad os estaría poniendo leyes?

Segundo: No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.

-Éste te ha quedado un poco largo.

-Ya. Es que quería dejar bien claro que no soy un dios tolerante. O pensáis en mí o no pensáis en nadie.

-¿Y lo de las imágenes?

-Es que nunca salgo favorecido…

Tercero: No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano.

-¡Pero si en realidad nadie sabe cómo te llamas!

-Ni falta que hace. Que se empieza con el tuteo, luego con el cachondeo y luego se acaban cagando en uno. No puedes conseguir que la gente te obedezca sino te respeta.

Cuarto: Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó.

-Este lo he hecho para que no trabajéis demasiado. Para que sepáis que yo cuido de los míos.

-Hasta ahora descansábamos dos días a la semana. Lo llamamos fin de semana.

-Vagos. Pues ahora descansáis sólo uno. Y lo dedicáis a adorarme. Faltaría más, que yo también trabajé seis días.

-Bueno sí, ejem, pero esto tiene trampa. Tú trabajaste seis días y no volviste a trabajar. Nosotros queremos lo mismo, ¿por qué tenemos que estar repitiendo el ciclo continuamente si Tú no lo hiciste?

-Porque soy Dios y me sale de los cojones, ¿qué pasa?

Quinto: Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.

-Es bonito que también pienses en la conciliación familiar.

-Sí, eso y que si los hijos hacen caso a los que ya tengo convencidos, también los convenceré a ellos.

Sexto: No matarás.

-Buenoooo… Éste no lo va a cumplir nadie. Y menos con nuestro ejemplo.

-No te preocupes. Tengo previsto ser bastante tolerante con este mandamiento, al menos con los que están en mi equipo. Ya lo irás viendo.

Séptimo: No cometerás adulterio.

-No jodas que se nos acabó el folleteo.

-No, hombre, no. Pone adulterio, me refiero a que no te acuestes con la mujer del prójimo, que luego es muy difícil saber quién es hijo de quién para poder amenazaros eficientemente. Con vuestras mujeres y los solteros podéis hacer lo que os venga en gana. Cuánto más guarro mejor, para eso os equipé con todo lo necesario.

-Octavo: No hurtarás.

-¿Ni si nos estamos muriendo de hambre?

-Hombre, entonces…

-¿Y si se han apropiado de lo nuestro injustamente, podemos robar para recuperarlo?

-Pues…

-¿Y si nos encarcelan sin motivo y quieren ejecutarnos y tenemos la oportunidad de robar la llave de la celda?

-Hmmm…Me parece que no me he detenido a reflexionar suficiente en estos mandamientos antes de escribirlos.

Noveno: No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.

-¿Esto incluye las mentiras?

-Que va. No se puede vivir en sociedad sin mentir de tanto en tanto. Con que no finjáis ser testigos de algo que no ha pasado es suficiente1. Que luego me complicáis los juicios y si os tengo peleados entre vosotros, no puedo hacer que os peleéis con los impíos.

Décimo: No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.

-¿Las mujeres tienen permitido codiciar al marido de otras?

-¿Y a quién le importa lo que quieran las mujeres? ¿Es que en algún momento he hecho algo que te pueda llevar a pensar que estoy a favor de la igualdad? Esta es una religión de hombres ambiciosos, ¿sino por qué permitiría la esclavitud, la sumisión de la mujer y alimentaría vuestros sueños de grandeza?

-¿Porque es la única manera que un pueblo derrotado durante casi toda su historia no desarrolle un abismal complejo de inferioridad?

-Y porque sólo me interesáis para enaltecerme yo2.

Acabada la reunión, Moisés bajó al pie de la montaña. Allí el pueblo había montado un fiestón y habían construido un becerro de oro al que veneraban. A fin de cuentas, el oro les proporcionaba todo lo que querían y no les hacía pasar la vida como vagabundos en un erial. Moisés, al ver aquello montó en cólera pues no le habían esperado, y aprovechando que la ira no era pecado todavía, arrojó a su pueblo las tablas de la ley que se rompieron en el proceso (ya no hacen tablas de la ley como las de antes). Echó la bronca a todo el que se cruzó con él y subió de nuevo al monte a pedir unas tablas nuevas.

Un poquito más de cuidado, Moisés, que tienes un pronto…Moisés recogió las nuevas tablas y le dijo a Dios aún un poco mosca: Menos sermoncitos, que yo todavía no he ahogado a toda la población mundial.

Como las tablas eran incómodas de llevar y tampoco era plan que todo el mundo las fuera tocando con las manos llenas de grasa, se construyó el Arca de la Alianza para guardarlas y un santuario móvil para transportarlo todo. Quién cargó con todo el armatoste, fue un pobre pringado del que no se sabe nada.

La generación de hebreos libres nacidos en el éxodo, consiguieron llegar a la Tierra Prometida y se instalaron en ella. Moisés, por el roce que tuvo con Dios, se quedó fuera con todos los supervivientes de la huida de Egipto y le pasó el mando a un chavalote llamado Josué. Así es como Dios cumple sus promesas.

A la edad de 120 años, Moisés estiró la pata y fue supuestamente enterrado en un sepulcro que jamás ha sido hallado. Esta muerte no deja de ser curiosa pues siempre se ha pretendido afirmar que Moisés fue el autor del libro (este libro) donde se narra su propio funeral.

1 Esta puede ser una de las más grandes ironías de la Biblia.

2 He aquí el sentido de la vida.

MOISES

Mayo7

En cuanto José murió, el status de los hebreos, que ya no era muy bueno, bajó en picado hasta estrellarse en la esclavitud. Eran tan mal vistos que incluso el faraón ordenó aniquilar a sus retoños.
Uno de los hebreos tuvo un hijo, que al ser varón era valioso, y no quiso entregarlo a los soldados egipcios. Así que lo escondió durante un tiempo, pero la situación se volvió insostenible y su familia lo abandoné en una barca improvisada con una cesta y barro en la orilla del Nilo. Era mejor tener un marinero precoz que un pincho moruno con pañales.
La hija del faraón, que había ido al río a lavarse el… cuerpo, se encontró con un bebé que hacía sus pinitos en el surf fluvial. La chavala adoptó al niño porque le había gustado mucho. Tanto, tanto que dejó que medio lo criara una familia hebrea y no le rompiera mucho la cabeza con sus llantos. La auténtica familia del bebé estuvo atenta y se ofreció oportunamente a amamantarlo. Nadie se había percatado del truco.
Al crío lo llamaron, en un alarde de originalidad, Moisés, que significa: Salvado de las aguas. Puede parecer muy bonito, pero imagínate ir al colegio llamándote Rescatado de un coche en llamas.
Moisés, como superhéroe de la antigüedad que era, llevaba una doble vida: hacía vida de egipcio pero mantenía contacto secreto con los hebreos. Un día presenció como un capataz egipcio golpeaba a un esclavo hebreo y decidió actuar. Como aún no tenía tomada la medida de las cosas, asesinó al capataz. Tal vez pensara que el homicidio es la forma más eficaz de acabar con la violencia. Ocultó el cadáver bajo la arena y se fue silbando aquí no ha pasado nada.
Unos días más tarde, Moisés se encontró con el mismo hebreo al que había salvado peleándose con su hermano. Moisés todavía no había aprendido que en cuestiones familiares es mejor no meterse e intentó separarlos. Pues se cabrearon y denunciaron el asesinato de Moisés al faraón. De aquí se deduce que o los hebreos era unos desagradecidos de record Guiness o a la gente no le caía tan bien Moisés por motivos que no nos han llegado (sin contar el homicidio, claro).
Por aquel entonces nadie quería cargar con las consecuencias de sus actos ni hacerse responsable de nada (un ejemplo para los niños, vamos), por lo que Moisés se dio a la fuga y cambió de vida; se casó, tuvo un hijo y estuvo trabajando de pastor durante 40 años.
Cierto día, Moisés pastoreaba con su rebaño por una montaña y Dios, muy poco sensible hacia los incendios forestales, se le apareció en forma de zarza ardiente. Una piedra ardiente hubiera sido más espectacular, pero es más fácil tener simplemente alucinaciones auditivas que acompañarlas de alucinaciones visuales.
Dios le preguntó porque el pueblo que había escogido no le estaba haciendo ni caso y Moisés le respondió que andaban muy ocupados con el asunto de la esclavitud. Moisés le sugirió que se buscara otro pueblo, pero Dios alegó que el resto no le hacía ni puto caso. No se podía hacer otra cosa, había que liberar al pueblo hebreo. Dios escogió a Moisés como líder de aquella revolución. Podría haberlo hecho Dios en persona, ahorrando sufrimientos e intermediarios, y demostrando de paso así al resto de pueblos del mundo que él era el único y auténtico Dios, pero es que Él es así, juguetón.
Moisés intentó escaquearse poniendo de manifiesto una triste realidad, que siendo tartamudo como era iba a ser una mierda de líder. Sin embargo, Dios ya estaba decidido, no había tiempo ni ganas de buscar un plan alternativo, y al fin y al cabo tampoco es que hubiera hecho el resto de cosas muy bien.
Moisés regresó a Egipto y a su hermano mayor, Aarón, le faltó tiempo para apuntarse a la movida. Siempre era mejor arriesgarse por conseguir un poco de poder que pasarse la vida de esclavo de unos tipos cuya idea de enterrar a alguien era colocarlo bajo un montón de enormes bloques de piedra cual escarabajos peloteros megalómanos fuera de control.
Moisés se presentó ante el faraón y le pidió que liberara a su mano de obra barata, base de la economía de su civilización, porque un rastrojo en llamas se lo había pedido. Me ha mandado a la mierda le dijo Moisés a Dios. Normal, tuvo que reconocer éste. No obstante, no se dio por vencido. Nadie vence tan fácilmente al amo y señor de la extorsión.
Volvió a mandar a negociar a Moisés y esta vez lo envió con una medida de presión: convirtió el agua del río en sangre. El faraón no se inmutó ante la fabricación industrial de gazpacho, así que Moisés siguió insistiendo. Dios miró que le había sobrado en el almacén después del asunto del arca de Noé, y se puso a enviar un plaga de ranas, otra de piojos, una de moscas, y hasta una de langostas1.
El faraón siguió erre que erre y Dios optó por pasar a las enfermedades, que suelen dar mejor resultado. Les envió la peste y sarpullidos que producían úlceras. Pero el faraón sabía que su gente, curtida en el desierto, era recia y no dio su brazo a torcer. Dios ya se puso más serio y les envió granizo mezclado con fuego, que como espectáculo tuvo que ser la hostia, pero no convenció al faraón, que hay que reconocer que tenía aguante.
¿Qué hizo Dios? Insistió en las plagas. Durante tres días les envió una gran, horrible, profunda… niebla. Vale, aquí Dios patinó un poco. Evidentemente, no surtió ningún efecto.
A Dios ya le habían tocado en su amor propio (que, claro, era mucho) y, a través de Moisés (¿por qué hacerlo personalmente?), mandó a todos los hebreos identificar sus casas manchando las puertas con la sangre de un cordero de un año de edad (porque poner un lacito en el picaporte no hubiera quedado tan dramático). Y aquella noche, Dios, que al parecer aún no se había planteado ser el Dios del amor envió a su ángel exterminador (pues sí, al parecer también tiene de esos) a matar a todos los niños primogénitos de los egipcios. El infanticidio y el genocidio era algo que por aquella época a Dios le gustaba mucho, porque hasta que se le ocurrió implantar el cielo y el infierno, amenazar a los parientes era la mejor manera de controlar a su gente.
Ahí sí que el faraón captó la indirecta y permitió que los hebreos se fueran de Egipto.

José

Abril27

 

Seis años después, Raquel volvió a quedar embarazada pero quedó claro que no era lo suyo porque murió nada más dar a luz a Benjamín. Así que Jacob tuvo que criar solo a sus amigos y siendo como era él, sus hijos no podían salir de otra forma: unos cabrones de mucho cuidado. A la que tuvieron ocasión vendieron a su hermano José a unos mercaderes de esclavos que pasaba por allí. Curiosamente, aunque Dios creó a todos los hombres iguales, nunca se quejó de la esclavitud, sería porque en el fondo a él tampoco nunca le gustó mucho dejar mucho espacio a la libertad1.

José acabó en la casa de un mandamás egipcio llamado Putifar (que ya había oído todos los chistes que se podían hacer con su nombre) que le cogió cariño. Hasta que un día su mujer acusó injustamente a José de intentar violarla y acabó en la cárcel, lo que para un esclavo en realidad supone una mejoría. Tras las rejas conoció a al panadero y al copero2 del faraón que habían caído en desgracia. Para pasar el rato, José interpretaba el significado de los sueños de sus compañeros. Predijo (aunque escuchar los rumores de los guardias cuando caía la noche también ayudó bastante) que la panadero le darían matarile y que al copero lo rehabilitarían en el cargo. Al fin y al cabo, era bastante complicado encontrar uno decente, los niños no sueñan con ser coperos de mayores.

Para desgracia del panadero, José acertó. El copero recuperó su puesto y cuando dos años más tarde oyó decir al faraón que tenía un sueño que nadie sabía descifrar se acordó de José (así es la gente, te dicen que te escribirán pero luego…). El faraón lo mandó llamar y le contó un sueño superextraño de unas vacas que habría hecho las delicias de Freud. José no tenía ni idea del significado, pero los campos repletos de trigo que había visto en el camino de la cárcel al palacio le dieron una idea. Le contó al faraón que se encontraban en una época de bonanza pero que dentro de un tiempo vendría la escasez (que al fin y al cabo era lo que había venido pasando siempre), y le dijo que hiciera como un buen banquero y aprovechara para quitar parte de los bienes a la gente cuando todo iba bien, para vendérselos a precio de hora cuando las cosas fueran mal.

Y al faraón, que estaba en el cargo por el capricho de los cruces genéticos y no por sus dotes intelectuales, no se le ocurrió otra cosa que creer a José, soltarlo y encima ponerlo a cargo de toda la operación. José había encontrado el chollazo de su vida y decidió casarse y tener descendencia. Escogió a la hija de Putifar, no se sabe porqué pero se supone que era porque así ya llevaba la suegra odiada de antes.

Cuando llegó la carestía, los hermanos de José acudieron a Egipto a comprar grano y se toparon con José. No lo reconocieron porque ahora estaba hecho un jefazo. José sí supo quienes eran y aprovechó su cargo para putearlos un poco. Los acusó de espías, de ladrones, secuestró a Benjamín, les chuleó haciéndose pasar por adivino con los datos que tenía de ellos, etc. Cuando ya estaba aburrido, confesó quien era y fingió que los perdonaba. Les dijo que ahora que tenían enchufe en Egipto, se viniera toda la familia para allí y le creyeron. Poco sospechaban que toda su descendencia acabaría esclava del faraón y anhelando regresar al pedregal de donde venían (que para entonces ya les parecía la Tierra Prometida). Incluso en Egipto, la venganza es un plato que se sirve frío.

De los gilipollas de estos hermanos surgieron las doce tribus de Israel.

1 Nadie puede decir que te da libertad si controla todos los hilos de la existencia que te encuentras y, por si fuera poco, te chantajea enfermedades, torturas eternas o daños familiares para que hagas lo que él quiere.

2 Menudo oficio.

Jacob

Abril17

 

Por su parte, Isaac prefirió heredar y se quedó ampliando la familia. Tuvo dos hermosos gemelos: Esaú y Jacob. Isaac decidió mantener la tradición de la circuncisión iniciada por su padre, no se sabe si por ganar puntos delante del viejo o porque le parecía una actitud muy optimista cortar un trozo de polla antes de saber cuanto iba a medir. De la misma forma, también escogió favorito: Esaú, por el racional motivo de que había nacido cinco minutos antes. No obstante, Jacob tenía mejores planes para si mismo que dejar que la providencia divina lo relegara al olvido, el trabajo y la sumisión. Así que Jacob, buena persona donde las haya, aprovechó un momento de necesidad de su hermano para cambiarle la primogenitura por un plato de lentejas (sin chorizo ni nada). Lógicamente, Esaú aceptó, porque morirse nunca es la mejor opción, sobre todo antes de que Dios empezara a hacer propaganda electoral con una vida mejor tras esta. Por aquel entonces la única forma de vivir para siempre era tener una profusa descendencia, lo cual también venía muy bien para hacer un dinero en el sector primario. Jacob no iba a perder todo lo acumulado por su padre, así que cuando éste envió a Esaú a que le cazara un cabrito para picar algo mientras le daba su bendición, pensó esta es la mía. Aprovechando que su padre estaba más bien cegato (porque una cosa es que seas de los predilectos de Dios y otra que tu salud le preocupe tres pimientos), y con la ayuda de su madre (que déjala correr también), Jacob se propuso falsear la identidad de su hermano. Se colocó unas fundas de cabrito (porque su hermano era un cazador viril y peludo y él era más bien nenaza) y se hizo pasar por su hermano recibiendo así la bendición (y las ventajas) de su padre. Esaú pilló un cabreo de los gordos y si no mató a su traicionero hermano fue porque salió por piernas esperando que la cosa se acabara calmando con el tiempo.

Jacob se fue a casa de su tío materno en busca de asilo. Por el camino, Dios, que siempre ha tenido debilidad por los cabrones egoístas, se le apareció y le dijo Me has caído bien. Necesito gente con iniciativa para un asunto que estoy organizando. Apúntate al carro y ya verás como te va bien. Tendrás noticias mías.

Cuando llegó a casa de su tío, le presentaron a sus primas y enseguida descubrió que la más pequeña, Raquel, le ponía muy palote. Su tío, que como se verá aun era más cabrón que el propio Jacob (tal vez sólo por cuestión de edad) le dijo que le vendía a su hija si trabajaba siete años para él. Jacob, que tampoco tenía nada mejor que hacer, aceptó. A los siete años fue a reclamar su sueldo y su tío, en hábil movimiento de trilero le endilgó a su hija mayor, Lea, puesto que lo que había prometido era a su hija sin especificar cuál. Para conseguir a Raquel tendría que trabajar siete años más. A falta de sindicatos que intervinieran en la situación, Jacob tuvo que aceptar y se pasó otros siete años trabajando para su tío, eso sí, cepillándose sin parar a su nueva esposa, que no estaba como para pasarse otra vez más de un lustro desgastándose las falanges.

Siete años después al fin consiguió a Raquel, pero lejos de acabarse los problemas comenzó el culebrón. Jacob, tal vez porque tenía años de práctica, tuvo cuatro hijos con Lea, pero Raquel no conseguía quedarse embarazada. Celosa de su hermana, Raquel le dijo a su esposo que se acostara con su criada para que pudiera tener un hijo propio a través de ella. Jacob, muy comprensivo, tuvo dos. Entonces fue Lea quien se puso celosa e hizo lo mismo que su hermana. Así que Jacob tuvo un par más con la criada de Lea. Y por si fuera poco, el semental de Jacob tuvo dos niños y una niña más con la misma Lea. Con semejante hombre, Raquel acabó quedándose preñada de José.

Harto de la guardería en la que se había convertido su vida, Jacob empezó a querer volver a su casa natal. Tras alguna que otra incidencia con su tío por ver cómo se repartían el ganado que durante todo aquel tiempo habían estafado a los ganaderos del lugar, inició su regreso al hogar.

Por el camino Dios se le volvió a aparecer y le dijo: Haces bien en ir a reclamar lo que te pertenece porque tengo grandes planes para tus hijos. Eso sí, tal cual vas Esaú te va a dar de hostias que no se te va ni a reconocer. Te dejo aquí a mi entrenador personal de artes marciales para que te vayas curtiendo y aprendas unos truquillos. Un ángel bajó del cielo y se estuvo dando de leches con Jacob hasta que éste consiguió vencerlo. En la ceremonia de graduación de este cursillo acelerado, el ángel cambió el nombre de Jacob por el poco práctico para la vida cotidiana: Uno que ha luchado con Dios. Eso sí, en hebreo sonaba mejor: Israel.

Al final, entre las hostias que repartió el dinero que había ganado con su tío, Jacob consiguió apropiarse de las posesiones por las que tanto había luchado en su juventud, por la tierra prometida. Esaú, asqueado de todo, cogió a su familia y se alejó de tanto mamonazo.

Who is Abraham

Abril7

 Un día Dios decidió que si quería dominar el planeta, ya era hora de construir una religión de verdad. Buscó a un pastor (tampoco es que en aquella época hubiera muchos físicos cuánticos) llamado Abraham y le dijo, vete para Canaán, que allí estaremos tranquilos para comenzar el adoctrinamiento. Dios, que por aquel entonces era bastante permisivo con la poligamia, lo bendijo con hijos de una esclava y de su esposa: Ismael e Isaac, respectivamente. Para celebrar el embarazo de su menopáusica esposa, Dios y Abraham decidieron cortarle un trozo de piel de la polla del niño en cuanto naciera, lo cual no dice mucho a favor de la salud mental de ninguno de los implicados. Con todo, Isaac era el preferido de Abraham, así que Dios, que en el fondo era un cachondo, decidió probar si el lavado de cerebro había hecho efecto. Así que le dijo a Abraham que cogiera al crío, se lo llevara a la montaña, y lo enviara para el cielo en formato pincho moruno. Abraham le reprochó que si se ponía a sacrificar hijos, la historia confundiría a Dios con uno de esos dioses paganos, atrasados y supersticiosos que abundaban por aquellos lugares, y no quería que las generaciones venideras se pensaran que él, el único Dios verdadero, había sido una más de esas falsas deidades locales que, con suerte y mercadotecnia, había ido a más. Menos hablar, y más asesinar, listillo fue la respuesta de Dios. Así que Abraham se llevó al chaval a la montaña, lo puso en un altar, desenvainó su cuchillo y comenzó a apuntar. Justo antes del infanticidio, el modélico padre escuchó una voz profunda: Detente Abraham, que tu fe ya está probada. Abraham regresó a casa agradecido por la misericordia y magnanimidad de Dios sin caer en la cuenta de que había sido Él el que había iniciado la brutal historia. Isaac, sin embargo, se fue pensando Menos mal que hice aquel cursillo de ventriloquia…

A la vuelta, Ismael se enteró de lo que le había acontecido a su hermano y pensó que si eso era lo que hacían con el hijo preferido, no se iba a quedar a averiguar que se les ocurría hacerle al bastardo. Se acabó largando a la frontera entre Egipto y el Golfo Pérsico (nunca le gustaron los climas fríos) e inició su propia tribu. En cuanto se haga poderosa, llamo al jefe Mahoma y entonces se van a enterar los tarados estos de los hebreos.

Noé

Marzo27

 

Un día se dijo Qué cojones, soy Dios, verás como arreglo yo esto: Tú, Noe, súbete a ese arca que te vas a enterar de lo que es un parque acuático. Y empezó a llover como para no tener que volver a regar en la vida. Dios podía haber pensado que si desde que inició la creación, a cada paso alguien se le volvía en contra es que no estaba haciendo las cosas muy bien, pero no lo hizo, él siempre fue más de genocidios.

Cuarenta días de lluvia son muchos, se mire como se mire, y dentro de una barca no hay mucho que hacer. Tal vez por eso a Dios no le importaba que las hijas de Noé dieran vino al alcohólico de su padre para poder follárselo. O es que tal vez aún no había acabado de definir las normas. En cualquier caso no tenía mucho tiempo, porque en cuanto se evaporó todo el agua tuvo que ponerse a crear todos los animales de nuevo porque encima de los pocos que cupieron en el arca (el borrachuzo de Noé se equivocó con las unidades de las medidas que le había dado) la mayoría había muerto de hambre, enfermedades o devorado. Noé llegó vivo porque hasta los animales tienen un mínimo. Dios se dio cuenta de que se había pasado un poco. Total, la humanidad se esparciría de nuevo y volverían a las andadas. Puso un arco iris en el cielo para decirles a los humanos que nunca más volvería a pasar algo así. Todo fueron parabienes y sonrisas, pero las hijas de Noé, que ya tenían experiencia con adictos, pensaron Sí, sí, espérate a que se le vuelvan a cruzar los cables….

La Torre de Babel

Marzo17

 Con los siglos, la humanidad se fue haciendo grande. Pero a Dios no le fue fácil introducir sus enseñanzas, salvo unos pocos adeptos, la mayoría de la gente seguía empeñada en… tener criterio. Unos cuantos se dieron cuenta de que, a la larga, depender de la grandeza de Dios no era una buena política. Lo mejor era valerse por si mismos. Y para demostrarlo decidieron hacer algo grande. El cuñado de uno de los mandamases tenía un solar en Babel al que le iba a venir muy bien una recalificación, por lo que se decidió construir allí una gran torre. Dios tenía que detener aquello, así que siguiendo la máxima de divide y vencerás, les insufló un montón de lenguas que se acababa de inventar. La torre se fue al traste, pero la humanidad no se arredró: otro cuñado de un mandamás (siempre hay alguno) se sacó de la manga las academias de idiomas. Y todo el mundo siguió como hasta entonces, que era básicamente pasando de Dios, al cual no le veían mucha capacidad para organizar las cosas.

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