Acólitos Sin Fronteras

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Levítico

Mayo27

                         Dios no era fácil de satisfacer. Tenía bastantes manías y era muy puntilloso. Por algún motivo que nunca se ha llegado a aclarar, a Dios no le gustaban los animales domésticos, y si te querías llevar bien con él tenías que ir matando alguno de vez en cuando. Cuantos más matabas, más le gustaba. Puede que fuera una forma de calmar su ansia de sacrificios humanos, ya que su pueblo, pequeño y maltratado por los acontecimientos históricos, no podía permitirse ir repartiendo bajas definitivas entre sus miembros. Así que aceptaba animales, aunque no de cualquier manera. Dios llamó a Moisés y le explicó como quería que se hiciera. Moisés se quedó asombrado de cómo pretendía ascender el despiece animal a la altura de arte y adornarlo todo de una ceremonia farragosa y absurda.

-No nos va a quedar tiempo ni para comerlos –se quejó Moisés.

-Estos no son para comer, son para mi mayor gloria.

-¿Tirar comida no es pecado?

-Sólo si eres rico.

-Ah. Oye, señor, ¿y no sería mejor que en vez de imponernos tantas soplapolleces, ayudaras un poco a tu pueblo, que nos están dando hostias por todos lados?

-Estate por lo que estamos.

Los hebreos debían ser expertos carniceros, porque había un procedimiento a seguir con cualquier minúscula parte del animal: riñones, sangre, intestinos, estiércol, grasa… La verdad, es que dicho así, un animal no parece algo muy agradable.

A Dios le gustaban tanto estos sacrificios que los pedía para casi todo: si te saltabas algún mandamiento, si era una fecha señalada, si querías tenerlo contento…

Y no valía cualquier animal. Si tenías uno pequeño y feo que casi no te producía nada no podías colarlo para el sacrificio, se enfadaban. Tenías que entregar tus mejores animales. Si era un acto simbólico ¿no hubiese sido mejor conformarse con cualquier animal y reservar los más aptos para un pueblo que vivía de la ganadería? Quizá, pero Dios sólo sabe hacer las cosas de una forma: a lo grande.

A todo esto, Aarón, hermano de Moisés, aprovechó la ocasión para colocar a sus hijos como sacerdotes, que venían a ser los funcionarios de la época. No se llamaba tráfico de influencias, se llamaba designio divino.

A parte de los animales de los holocaustos, Dios también se metió en los que servirían de alimento. Como sois un pueblo ganadero pobre que necesitáis aprovechar cualquier cosa que os ofrezca la naturaleza para sobrevivir, a partir de ahora no me vais a comer ni camellos, ni liebres, ni conejos, ni cerdos. De los animales acuáticos vais a alimentaros sólo de los que tengan aletas y escamas, el resto no son de fiar. De pájaros ni uno. Y eso incluye gallinas, avestruces, y cualquier cosa con alas. Insectos… hmmm…los que no caminen sobre cuatro patas. Tampoco me gustan las comadrejas, los ratones, las ranas, los cocodrilos, los lagartos y lagartijas, ni los camaleones. Ah, y me reservo el derecho a volveros vegetarianos.

Entre otras cosas, Dios también les dijo que la mujer que paría era impura durante una semana (dos si tenía una niña), lo mismo que si contraías la lepra. Ambos acontecimientos eran buenas ocasiones para ofrecer más sacrificios. Otras personas inmundas serían los varones cuando tuvieran flujo de semen y las mujeres con la regla

Los sacerdotes aprovecharon para reforzar su estructura de poder y lograron que casi cualquier acto cotidiano necesitara de su aprobación y connivencia. Como aún no existía el paraíso, había que procurarse un buen futuro en esta tierra.

También se aprovechó para añadir unas cuantas leyes. Diez no bastaban para dar de comer a legisladores y abogados.

Para empezar prohibieron la desnudez, nada de mirar sin ropa ni a extraños, ni a familiares, ni tan siquiera a la pareja de uno. Si hubieran tenido caniches, habrían mirado con buenos ojos que les pusieran jerseycitos. Y ya podían ir olvidándose de follarse animales (de las plantas no se comentó nada).

También quisieron ser majillos, y empezaron a permitir comer algo de los sacrificios, aunque sólo un par de días, luego había que quemar lo sobrante. Prohibieron recoger los frutos que caían de las viñas y segar todas sus cosechas porque había que dejar algo para los pobres. Toma política social. No se podía putear a los ciegos, chismorrear de los vecinos, ni abusar de los trabajadores. Vamos, ejercer un poco de peace and love con el prójimo. Eso sí, si te tirabas a una esclava os azotaban a los dos.

Era importante no afeitarse (aunque vivieran en el desierto) y ser hospitalario con los extranjeros (quién sabe si porque ellos también habían sido extranjeros en Egipto o por si el día de mañana esos mismos extranjeros acababan conquistándolos, cosa habitual, no buscaran venganza).

Se castigaba con la muerte creer en otros dioses, el adulterio, el incesto, acostarse con varios miembros de la misma familia, los zoofílicos, los que durmieran con mujeres menstruosas, el que desnudara a algún pariente, los blasfemos, los espiritistas y los adivinos (los profetas no contaban). La pena capital puede parecer excesiva, pero es la forma más eficiente de reinsertar a los delincuentes en la sociedad.

Los sacerdotes también tenían sus normas. No podían casarse con rameras ni mujeres inmundas o repudiadas (tenían que ser vírgenes), debía dedicarse a alabar a su jefe celestial, y sus hijas los deshonraban si comenzaban a fornicar. Tampoco debían permitir que las mujeres o los hombres defectuosos (cojos, ciegos, mutilados, verrugosos, sarnosos, roñosos, etc.) ofrecieran sacrificios, porque ¿cómo va a valorar Dios a las personas sino es por su utilidad práctica?

No podían tocar cadáveres (a saber dónde habían estado). Nadie que no fuera un pariente del sacerdote o ¡un esclavo comprado por él! podía comer alimento sagrado, ya fuera huésped o jornalero. Lo cual tiene su lógica, ¿de que te sirve trabajar duro para someter a la gente bajo tus supersticiones sino puedes obtener beneficios y prebendas?

Ya que estaban puestos, no se olvidaron de señalar los días festivos. El problema es que había que hacer tanta ceremonia y tanta chorrada variada que casi apetecían más los días laborables.

En caso de duda se aplicaba la ley del Talión (rotura por rotura, ojo por ojo, diente por diente): si herías un animal, debías reponerlo; si matabas a alguien, te mataban a ti. La misma lógica que acabaría poniendo al mundo al borde de la catástrofe nuclear.

Los hebreos llevaron al extremo el concepto de barbecho. De hecho se inventaron el año jubileo donde las tierras y otras posesiones (incluida la libertad) volvían a su propietario original. Venía a ser como empezar una nueva partida de Monopoly. Esto provocaba que estuviera prohibido vender las tierras a perpetuidad, con lo que prácticamente lo que hacían era alquilar las cosechas. Los años de jubileo no se podía cosechar nada y había que vivir de lo ahorrado. Los hebreos comenzaron haciendo especulaciones muy raras.

Dios les dijo que si obedecían, les daría paz y haría caer a sus enemigos por la espada delante de ellos1. Así que, o los hebreos se pasaron todas las leyes por el arco del triunfo, o alguien tendría que pedir el libro de reclamaciones.

1 Otra prueba de que era un auténtico Dios del Amor. Amor a la sangre.

posted under Antiguo Testamento
2 Comments to

“Levítico”

  1. On Mayo 28th, 2009 at 11:03 am I reilly Says:

    Grande. A delicious.

  2. On Junio 20th, 2009 at 13:05 pm Iria Says:

    Es genial jd, no conocía este blog pero es buenísimo. Desde hoy, va a pasar a formar parte de mis favoritos.
    Eso sí, no te metas con la ley del Talión, que fue el primer intento de establecer proporción entre el crimen cometido y el castigo propuesto(antes si uno mataba a un familiar tuyo toda tu familia iba y se cargaba a la del tipo que, por supuesto, respondía a esta provocación. Imagínate los autogenocidios por venganza que llegaba a haber y ¿quién limpiaba eso luego?)
    Un beso.

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