Éxodo
Los esclavos recogieron sus bártulos, y guiados por Moisés comenzaron la lenta marcha hacia la tierra de sus antepasados. Pero unos días más tarde, el faraón, que como la mayoría de gobernantes, era voluble en sus decisiones, se arrepintió y salió con su ejército en pos de la caravana de hebreos. Éstos, que estaban acampados a la orilla del Mar Rojo, se vieron atrapados entre la espada y los elementos.
Dios, al que le encantaban las persecuciones, no quería que acabara tan pronto, así que separó las aguas del mar para que los hebreos pudieran pasar. También quería dejar pasar a los egipcios para hacerlo aún más emocionante, pero un mar pesa mucho y Dios ya no era tan joven, así que soltó el agua y los egipcios, que no disponían de muchas piscinas municipales donde hacer cursillos, se ahogaron. Una pena, porque alguien que ve como un Dios separa un mar se convierte seguro, pero ese desprecio por los que no son de los suyos de Dios, hizo que sólo se pudieran convertir en comida para peces.
Ya sin perseguidores, los hebreos continuaron hacia la tierra prometida, pero como nadie sabía muy bien donde estaba, se perdieron un poco por el desierto. Esto sumado al hecho de que Moisés, como cualquier hombre que se precie, se negó a pedir indicaciones a nadie, provocó que se pasaran muchos años vagando por el desierto. Sitio, por cierto, no muy bueno para vagar. Dios tuvo que ir suministrándoles víveres porque sino se queda sin seguidores de un plumazo.
Un día Moisés se quejó de que tardaba en llegar el agua y Dios le dijo ¿Ah, sí? ¿Te pones chulo? Pues ahora no entras en la Tierra Prometida. Moisés, que estaba harto de arrastrar el culo por el desierto cuando podría haber estado tranquilamente cuidando ovejas, le contesto: ¿Sí? Pues si yo no entro, no entra nadie. Y se pasaron dando vueltas por el desierto durante 40 años y, de hecho, ninguno de los que salió de Egipto (aunque sí sus hijos) entró en la Tierra Prometida.
Pero mucho antes de que alcanzaran el fin del viaje, Dios le dijo a Moisés Súbete para este monte que tengo unas cuantas cosas que comentarte y no quiero que se entere nadie. Moisés subió y Dios le dijo que les iba a mandar unas leyes, que aquello era un sindiós y que estaban todos desmandados haciendo lo que les salía del mismísimos saquitos del amor. Había pensado en unas pocas miles de leyes, pero como las voy a grabar en piedra para que no se traspapelen y ya veo que últimamente has descuidado la gimnasia, sólo voy a escribir diez para que entregues al pueblo y el resto te las digo y de las que te acuerdes, te acuerdas, y de las que no, no. En el fondo da igual porque se refieren básicamente a las costumbres y es probable que las vaya cambiando según me apetezca.
Acto seguido, Dios grabó con un láser potente de alta precisión sus mandamientos en dos piedras con forma de tabla. Básicamente, la primera tabla hablaba de cómo hacerle la pelota y la segunda de cosas guays que no podían hacer. Moisés comenzó su lectura.
Primero: No tendrás dioses ajenos delante de mí.
-Un momento, un momento. ¿Quieres decir que sólo podemos creer y adorar a un Dios?
-Hombre, claro. O somos de un club o de otro, todo no se puede tener.
-Y si luego resulta que los otros dioses son mejores que tú, o nos ofrecen más ventajas o son un poquito más reales que tú?
-Pues os jodéis.
-¿Y dónde queda nuestro libre albedrío, nuestra libertad de elección?
-¿Tú te crees que si me importara mucho vuestra libertad os estaría poniendo leyes?
Segundo: No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.
-Éste te ha quedado un poco largo.
-Ya. Es que quería dejar bien claro que no soy un dios tolerante. O pensáis en mí o no pensáis en nadie.
-¿Y lo de las imágenes?
-Es que nunca salgo favorecido…
Tercero: No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano.
-¡Pero si en realidad nadie sabe cómo te llamas!
-Ni falta que hace. Que se empieza con el tuteo, luego con el cachondeo y luego se acaban cagando en uno. No puedes conseguir que la gente te obedezca sino te respeta.
Cuarto: Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó.
-Este lo he hecho para que no trabajéis demasiado. Para que sepáis que yo cuido de los míos.
-Hasta ahora descansábamos dos días a la semana. Lo llamamos fin de semana.
-Vagos. Pues ahora descansáis sólo uno. Y lo dedicáis a adorarme. Faltaría más, que yo también trabajé seis días.
-Bueno sí, ejem, pero esto tiene trampa. Tú trabajaste seis días y no volviste a trabajar. Nosotros queremos lo mismo, ¿por qué tenemos que estar repitiendo el ciclo continuamente si Tú no lo hiciste?
-Porque soy Dios y me sale de los cojones, ¿qué pasa?
Quinto: Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.
-Es bonito que también pienses en la conciliación familiar.
-Sí, eso y que si los hijos hacen caso a los que ya tengo convencidos, también los convenceré a ellos.
Sexto: No matarás.
-Buenoooo… Éste no lo va a cumplir nadie. Y menos con nuestro ejemplo.
-No te preocupes. Tengo previsto ser bastante tolerante con este mandamiento, al menos con los que están en mi equipo. Ya lo irás viendo.
Séptimo: No cometerás adulterio.
-No jodas que se nos acabó el folleteo.
-No, hombre, no. Pone adulterio, me refiero a que no te acuestes con la mujer del prójimo, que luego es muy difícil saber quién es hijo de quién para poder amenazaros eficientemente. Con vuestras mujeres y los solteros podéis hacer lo que os venga en gana. Cuánto más guarro mejor, para eso os equipé con todo lo necesario.
-Octavo: No hurtarás.
-¿Ni si nos estamos muriendo de hambre?
-Hombre, entonces…
-¿Y si se han apropiado de lo nuestro injustamente, podemos robar para recuperarlo?
-Pues…
-¿Y si nos encarcelan sin motivo y quieren ejecutarnos y tenemos la oportunidad de robar la llave de la celda?
-Hmmm…Me parece que no me he detenido a reflexionar suficiente en estos mandamientos antes de escribirlos.
Noveno: No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.
-¿Esto incluye las mentiras?
-Que va. No se puede vivir en sociedad sin mentir de tanto en tanto. Con que no finjáis ser testigos de algo que no ha pasado es suficiente1. Que luego me complicáis los juicios y si os tengo peleados entre vosotros, no puedo hacer que os peleéis con los impíos.
Décimo: No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.
-¿Las mujeres tienen permitido codiciar al marido de otras?
-¿Y a quién le importa lo que quieran las mujeres? ¿Es que en algún momento he hecho algo que te pueda llevar a pensar que estoy a favor de la igualdad? Esta es una religión de hombres ambiciosos, ¿sino por qué permitiría la esclavitud, la sumisión de la mujer y alimentaría vuestros sueños de grandeza?
-¿Porque es la única manera que un pueblo derrotado durante casi toda su historia no desarrolle un abismal complejo de inferioridad?
-Y porque sólo me interesáis para enaltecerme yo2.
Acabada la reunión, Moisés bajó al pie de la montaña. Allí el pueblo había montado un fiestón y habían construido un becerro de oro al que veneraban. A fin de cuentas, el oro les proporcionaba todo lo que querían y no les hacía pasar la vida como vagabundos en un erial. Moisés, al ver aquello montó en cólera pues no le habían esperado, y aprovechando que la ira no era pecado todavía, arrojó a su pueblo las tablas de la ley que se rompieron en el proceso (ya no hacen tablas de la ley como las de antes). Echó la bronca a todo el que se cruzó con él y subió de nuevo al monte a pedir unas tablas nuevas.
Un poquito más de cuidado, Moisés, que tienes un pronto…Moisés recogió las nuevas tablas y le dijo a Dios aún un poco mosca: Menos sermoncitos, que yo todavía no he ahogado a toda la población mundial.
Como las tablas eran incómodas de llevar y tampoco era plan que todo el mundo las fuera tocando con las manos llenas de grasa, se construyó el Arca de la Alianza para guardarlas y un santuario móvil para transportarlo todo. Quién cargó con todo el armatoste, fue un pobre pringado del que no se sabe nada.
La generación de hebreos libres nacidos en el éxodo, consiguieron llegar a la Tierra Prometida y se instalaron en ella. Moisés, por el roce que tuvo con Dios, se quedó fuera con todos los supervivientes de la huida de Egipto y le pasó el mando a un chavalote llamado Josué. Así es como Dios cumple sus promesas.
A la edad de 120 años, Moisés estiró la pata y fue supuestamente enterrado en un sepulcro que jamás ha sido hallado. Esta muerte no deja de ser curiosa pues siempre se ha pretendido afirmar que Moisés fue el autor del libro (este libro) donde se narra su propio funeral.
1 Esta puede ser una de las más grandes ironías de la Biblia.
2 He aquí el sentido de la vida.